La noche tapatía del pasado 6 de febrero, allá en las alturas de la azotea del C3, tenía esa cualidad incierta de las promesas modernas: una mezcla suspendida entre el relente urbano y la expectativa de la sofisticación. Subir allí era un acto de fe en que el «Dancemenco» —ese híbrido musical que Paco Versailles factura— no resultaría en una de esas calamidades culturales que suelen ocurrir cuando se fuerza al folclore a convivir con el sintetizador.


El dúo apareció en escena no con la solemnidad de los concertistas, sino con la eficacia de quienes saben que han venido a encender una maquinaria de hedonismo calculado. Desde los primeros acordes de «Ole Maca» y la cadencia envolvente de «Shangri La», quedó patente el artefacto: una guitarra flamenca que llora verdades antiguas, inmediatamente secuestrada por una producción electrónica pulcra, casi quirúrgica. Es un truco que, analizado en frío, parecería un despropósito turístico, pero que en vivo, y hay que admitirlo con la ceja ligeramente levantada, funciona con una potencia irrebatible.
El público, esa masa heterogénea que al principio sostenía sus bebidas con estudiada indiferencia, fue cediendo. Hubo momentos donde la pose se desmoronó ante la urgencia del ritmo. La transición por temas como «Libertine» y el más arraigado «Soy Gitano» preparó el terreno para un «Guitar interlude», un breve paréntesis de virtuosismo orgánico que sirvió de respiro antes de que la dictadura amable del beat volviera a imponerse.


Para cuando la noche avanzaba hacia su desenlace, la atmósfera se había densificado. Bajo las luces estroboscópicas, la gravedad de la semana laboral se disolvía. Temas como «Lilac Moon» y, sobre todo, la contundente «Satisfaction», convirtieron la azotea en una celebración tribal y cosmopolita a la vez. El cierre con el track de «Alone in Roma» dejó un eco sintético flotando sobre la ciudad, culminando una velada que demostró que, en estos tiempos, hasta la nostalgia gitana puede ser reempaquetada para el consumo inmediato, resultando en un espectáculo tan artificial como genuinamente disfrutable.
Por Reportero Amorfo y Krasso


