La nueva versión de Cumbres borrascosas dirigida por Emerald Fennell no llega a pedir permiso: entra como el viento de los páramos de Yorkshire, sacude el polvo de casi dos siglos de lecturas solemnes y propone una experiencia intensa, sensorial y decididamente contemporánea de uno de los grandes clásicos de la literatura inglesa.
Publicada en 1847 bajo el seudónimo de Ellis Bell, la única novela de Emily Brontë fue, en su momento, un objeto extraño. Su estructura en capas —con el señor Lockwood escuchando el relato de Nelly Dean, quien a su vez reconstruye la historia de dos generaciones marcadas por el rencor— desconcertó a los críticos. El libro fue acusado de cruel e inmoral. Hoy es un pilar del romanticismo gótico, célebre por su retrato feroz del deseo, la violencia emocional y la rigidez de las jerarquías sociales.
Fennell entiende ese ADN polémico y, lejos de intentar una ilustración académica del texto, opta por dialogar con él desde el presente. Su película no replica la arquitectura narrativa en forma de “muñecas rusas” ni se detiene con igual énfasis en la segunda generación —Cathy y Hareton— que en la novela funciona como redención tras el ciclo de odio. En cambio, concentra la energía dramática en el núcleo pasional entre Catherine Earnshaw y Heathcliff, interpretados por Margot Robbie y Jacob Elordi, y lo traduce a un lenguaje cinematográfico cargado de tensión física y emocional.


El resultado es una adaptación libre que privilegia la experiencia sobre la literalidad. Donde Brontë construía atmósfera a través de la palabra y del paisaje inhóspito, Fennell apuesta por una puesta en escena exuberante, con un diseño de producción estilizado y subrayan la idea de que el deseo y la lucha de clases no pertenecen a una sola época. La historia puede estar situada en el siglo XVIII, pero sus pulsiones son reconociblemente modernas. El toque gótico aparece en menor medida.
La química entre Robbie y Elordi es uno de los grandes aciertos. Él compone a un Heathcliff contenido, magnético, cuya rabia parece siempre a punto de desbordarse; ella ofrece una Catherine dividida entre la pasión y la ambición social, consciente de que amar a Heathcliff implica desafiar las reglas de un mundo que mide el valor en propiedades y apellidos. En la novela, Catherine admite que casarse con él la “degradaría” socialmente; en la película, esa tensión de clase se mantiene, pero se traduce en miradas, silencios y estallidos que hacen palpable el conflicto interno.


Comparada con adaptaciones emblemáticas —la clásica de 1939 con Laurence Olivier, la lectura mexicana de Buñuel en Abismos de pasión o la versión cruda de Andrea Arnold en 2011— esta nueva entrega se distingue por su voluntad de reinterpretar en vez de reproducir. Si aquellas buscaban, en mayor o menor medida, respetar la atmósfera sombría y el tono trágico del original, Fennell enfatiza el carácter febril del vínculo central y lo convierte en un melodrama de alto voltaje emocional.
Es cierto que la película toma libertades significativas: simplifica subtramas, reorganiza acontecimientos y modula el desenlace hacia una lectura más abiertamente romántica. Pero esa decisión no implica traición, sino posicionamiento. Así como la novela fue incomprendida en su tiempo por desafiar las convenciones morales y narrativas, esta versión asume el riesgo de incomodar a los puristas para revitalizar la conversación en torno a la obra.
En última instancia, esta Cumbres borrascosas no busca sustituir al libro ni competir con sus predecesoras, sino demostrar que un clásico sigue vivo precisamente porque admite nuevas miradas.
Presentada por WARNER BROS. PICTURES | DISPONIBLE EN CINES A PARTIR DEL 12 DE FEBRERO