Por: Tonnie Zanabria
Hay discos que se sienten como una colección de canciones, The Mountain no es uno de ellos. El nuevo trabajo de Gorillaz opera más como una geografía: una elevación irregular donde cada pista es una pendiente distinta, pero todas conducen a un mismo punto de observación, no es un álbum que busque complacer, es un álbum que busca expandir.
Desde su concepción, el proyecto de Damon Albarn ha funcionado como laboratorio cultural, lo vimos en la oscuridad apocalíptica de Demon Days, en la sátira ecológica y marítima de Plastic Beach, en el frenesí colaborativo de Humanz y en la introspección melancólica de The Now Now. The Mountain recoge fragmentos de todas esas etapas, pero no como nostalgia: los reutiliza como materia prima para algo más orgánico y menos conceptual en apariencia, aunque profundamente estructurado en el fondo.

Si algo define este álbum es su equilibrio entre identidad y riesgo, hay líneas de bajo que remiten al ADN dub y trip-hop que consolidó a la banda en los 2000, pero también hay texturas crudas, casi industriales, que dialogan con el presente, la producción es más atmosférica que en Cracker Island; menos brillante, más terrosa, como si el sonido hubiese descendido de la pista de baile para caminar sobre grava.
La metáfora de la montaña no es gratuita, el disco avanza en capas. Empieza con una sensación de exploración, beats contenidos, espacios abiertos y conforme progresa se vuelve más denso, más físico. Es un ascenso emocional.
Uno de los grandes aciertos de The Mountain es que las colaboraciones no se sienten estratégicas, sino necesarias.
La participación póstuma de Tony Allen no es un guiño simbólico, es un pulso rítmico que ancla el álbum a una tradición afrobeat que Albarn ha venerado durante años, su presencia no mira al pasado; respira en el presente del disco.

El choque con IDLES aporta una energía abrasiva, donde Gorillaz suele insinuar, IDLES confronta. El resultado es una tensión interesante: capas electrónicas que contienen una rabia casi punk, sin perder sofisticación sonora.
La inclusión de Trueno introduce una dimensión latinoamericana que no suena forzada, su cadencia en español se integra con naturalidad sobre bases que combinan hip-hop minimalista y arreglos cinematográficos, no es una concesión al mercado; es una ampliación lingüística del universo Gorillaz.
Y la colaboración con Bizarrap funciona como puente generacional, la producción dialoga con la lógica contemporánea del beat digital sin sacrificar la narrativa atmosférica que caracteriza al proyecto, hay contención, espacio, intención.
Lo interesante es cómo el álbum logra sonar reconocible sin repetirse, hay momentos que evocan la melancolía sintética de The Now Now, otros que recuerdan el mosaico multicultural de Humanz, pero la cohesión aquí es mayor. No parece una playlist de invitados; parece una conversación cuidadosamente dirigida.
En términos de arquitectura sonora, The Mountain está menos preocupado por el hit inmediato y más enfocado en la experiencia completa. Es un disco que se entiende mejor de corrido, donde las transiciones importan tanto como los coros.
No es el álbum más accesible de Gorillaz, pero quizá sí uno de los más maduros, no intenta redefinir el pop ni anunciar el fin del mundo, se concentra en algo más complejo, demostrar que un proyecto nacido como experimento multimedia todavía puede evolucionar sin diluir su esencia.
The Mountain no grita su relevancia, la construye, paso a paso, pista a pista, y cuando llegas al final, no sientes que hayas terminado un recorrido; sientes que acabas de mirar el panorama completo desde arriba.

The Mountain también es cine
El lanzamiento del álbum coincide con el estreno del cortometraje The Mountain, una pieza animada que amplía el universo visual de la banda. Dirigido bajo la supervisión creativa de Jamie Hewlett, co-creador del proyecto, el corto no es un simple acompañamiento promocional: es una extensión narrativa.
Visualmente, la estética retoma la animación estilizada característica de Gorillaz, pero con una atmósfera más sombría y contemplativa. La montaña aparece como símbolo de aislamiento, ascenso, confrontación interna. Los personajes,2D, Murdoc, Noodle y Russel atraviesan paisajes desolados que dialogan directamente con la textura sonora del álbum.
La pieza funciona casi como ensayo audiovisual no explica el disco, lo interpreta. Hay silencios prolongados, planos amplios, tensión ambiental, se siente más cercano a un cortometraje experimental que a un videoclip tradicional.
Con esto, Gorillaz reafirma algo que pocas bandas logran sostener en el tiempo: no son únicamente un acto musical, sino un proyecto transmedia donde imagen y sonido son indivisibles.