El pasado 27 de marzo, el Teatro Estudio Cavaret dejó de ser un simple búnker de concreto para convertirse en un experimento de asistencia perfecta. No hacían falta letreros en la puerta; desde que los boletos se evaporaron a los pocos días de salir a la venta, se sabía que el recinto estaría a tope. Joe Keery apareció sobre las tablas ejecutando una maniobra de diplomacia que rozó la temeridad: portaba el jersey de las Chivas. En esta ciudad de pasiones partidas, donde el Rebaño y el Atlas se disputan el aire, ponerse las rayas rojiblancas es una forma de ganar por mayoría, aunque en la penumbra algún rojinegro debió masticar su descontento en silencio.

La noche se puso en marcha con Awake, una llamada al orden que pronto nos sumergió en las aguas extrañas de Ugly Fisherman. Transitamos por la cotidianidad de ser un Basic Being Basic y aceptamos ese Gloom que Keery administra con la pericia de quien sabe que la melancolía también se baila. El Link con el público ya estaba firmado; solo nos quedaba pasear por el Charlie’s Garden en busca de una Potion que nos mantuviera a flote.
El momento en que el tiempo se detuvo ocurrió con Roddy. El escenario se transformó en una composición plástica de sombras profundas: las luces cenitales aislaron al baterista mientras se lanzaba a un solo que se sentía en la boca del estómago. Sus compañeros, estáticos a su alrededor, completaron esa estampa de claroscuros que parecía rescatada de una galería de arte antiguo, donde el esfuerzo y la luz se encuentran en el punto exacto.
Tras la pausa visual, la música nos devolvió a la superficie con Gap Tooth. Pero fue con Listen donde el búnker se ensanchó. No fue una interpretación; fue una marea de frecuencias que nos alejó de la orilla, una disolución sensorial donde el techo del Cavaret pareció desaparecer y nos dejó flotando en un espacio sin gravedad. Intentamos Figure You Out mientras el orden de la noche nos dictaba un Delete Ya ante cualquier rastro de aburrimiento.


Entre el quiebre de Egg y ese End of Beginning que suena a despedida prematura, la banda nos llevó de Back on You a su propio Chateau de sonido, cerrando la expedición en la cima de Flash Mountain.
Al salir, la ciudad nos despidió con una llovizna que enfrió los ánimos con la puntualidad de un recurso dramático bien empleado. No quiero cerrar este despacho sin confesar que llegué a esta orilla por el encantamiento de una amiga. Fue ella, hablándome con entusiasmo de las virtudes de este artista, la que me puso en la pista de lo que de otro modo habría sido un silencio en mi bitácora. A ella le debo el hallazgo; a Joe, la lección de que en Zapopan el pop también sabe a victoria futbolera.
El Reportero Amorfo
Krasso


