El sanatorio de los espíritus libres: CA7RIEL & PACO AMOROSO

Por el Reportero Amorfo.

Hay noches en que la ciudad, en su rutina de asfalto cansado y luces amarillas, parece preparar la trampa perfecta. La del pasado fin de semana en el Auditorio Telmex tenía todos los ingredientes para la ironía: una luna llena descarada en el cielo y una multitud que atendió al llamado de la gira Free Spirits vestida rigurosamente de blanco. Vestir de blanco en un foro masivo es siempre un acto de fe ciega o de peligrosa coquetería; la masa abotagaba los pasillos luciendo un atuendo que oscilaba, según la perspectiva, entre la etiqueta de una boda en la playa, la disciplina de un temazcal urbano o la elegancia profiláctica de una secta a punto de tomar el té. Había en el ambiente ese murmullo denso de la fauna tapatía que sabe que va a presenciar algo fuera de la norma, pero que aún no calcula la magnitud del estropicio.

Porque lo de CA7RIEL & PACO AMOROSO no es un concierto en el sentido burocrático del término. Es una intervención quirúrgica al tímpano, una demolición elegante del buen gusto académico ejecutada por dos tipos que se saben de memoria todas las reglas, precisamente para poder romperlas en la cara del espectador con una sonrisa descarada.

Al centro del asunto —y digámoslo sin rodeos ni timideces— habita la figura de Ca7riel. Se habla mucho de la química de la dupla, de la soltura escénica de Paco, pero detenerse a examinar la orfebrería de Catriel es entender el motor de esta maquinaria. Estamos ante un músico de una inteligencia feroz, un virtuoso que no necesita presumir el título de conservatorio porque prefiere disfrazarlo de provocación. Cuando toma la guitarra no hay pose: hay un linaje que arrastra el peso del rock progresivo, la furia del metal más denso y la sofisticación armónica del jazz. Escucharlo soltar un riff afilado y distorsionado en medio de un patrón de trap o un corte de techno no es un capricho; es un manotazo en la mesa. Es el recordatorio de que debajo del disparate lírico hay una mente brillante operando a mil revoluciones por minuto.

Pero ningún genio sostiene un templo si la cimentación flaquea. Y aquí es donde la crónica exige detener el paso y quitarse el sombrero ante UATS, la monumental banda que los escolta y da forma al caos. Javier Burin en los teclados y arreglos, Felipe Brandy en el bajo, Edu Giandina en la batería y Max Sayas en las percusiones. Cuatro artesanos del sonido dispuestos a los flancos del escenario —teclados y percusiones a la izquierda, bajo y batería a la derecha— que operan como una columna vertebral indestructible. Lo que hace UATS no es acompañar; es construir un parque de diversiones musical en tiempo real. La transición entre un género y otro no se siente jamás como un frenazo brusco, sino como el cambio de carril de un tren bala a toda velocidad: fluido, preciso, casi invisible. Pasan del funk más grasoso al metal más pesado, del soul aterciopelado al techno más destructivo sin despeinarse, con una elegancia que roza lo insólito.

La escenografía en el Telmex no hacía sino acentuar este delirio clínico. Bajo unas estructuras colgantes que simulaban lámparas de encaje o telas texturizadas en suspenso, el escenario lucía plataformas escalonadas donde destacaban dos sillas de tratamiento médico —o de dentista, para ser más precisos con el trauma— y la presencia constante de una «enfermera» vestida de blanco impoluto. La mujer, con una parsimonia casi ritual, atendía a los músicos y a los protagonistas durante su particular proceso de purga. Si el objetivo era exorcizar el alma de los presentes, el decorado proponía que la anestesia no formaba parte del tratamiento.

A las 8:30 p.m., el proceso de sanación arrancó con «No me sirve más», y a partir de ahí la noche se convirtió en un banquete sin pausas. Cayeron «Nada nuevo», «A y ay ay», «Muero», «Mi Diosa», y la siempre controvertida «#TETAS». Hubo tiempo para la reflexión profana con «Hasta Jesús tuvo un mal día», la densidad de «Impostor» y «Vida Loca», y el frenesí casi infantil de «Goo Goo Ga Ga». Se encadenaron «Re Forro», «El día del amigo», «Dumbai», «Baby Gangsta» y «A mí no».

El tramo final fue una sobredosis de ritmo donde ocurrió uno de los gestos más poéticos de la velada: durante los acordes de «Ha Ha», la pulcritud blanca del recinto se tiñó de pronto de un rojo sangre absoluto. Cómplices anónimos entre la audiencia se habían encargado de repartir pequeños recortes de papel celofán rojo para cubrir las linternas de los teléfonos móviles, logrando que el escenario y las gradas se ahogaran en un resplandor carmesí, visceral e hipnótico. A partir de ahí, la espiral no tuvo freno: «Mi Deseo/Bad Bitch», «Todo Ray!», «Cosas Ricas», «El único», «Todo el día», «Lo quiero ya!», y un medley vertiginoso que cruzó «Pirlo», «Axel F», «Cono Hielo» y «Culo con caca», aderezado por los metales implacables de «Beto’s Horns». Para cuando llegó el turno de «El Himno del Mediocre», la masa uniformada ya había perdido cualquier remilgo de etiqueta.

A veces, la prisa de los días, la fiebre del momento o el simple empolvamiento con el que masticamos la monotonía cotidiana no nos dejan calibrar la dimensión real de las cosas. Nos cuesta trabajo dimensionar el presente mientras lo estamos caminando. Pero no nos engañemos: estamos frente a un auténtico fenómeno musical contemporáneo. Uno de esos meteoros raros que no pasan seguido por nuestro patio trasero. Quizá hoy nos parezca simplemente una gran noche de fiesta en la cartelera de la ciudad, pero con el tiempo entenderemos la enorme fortuna de haber estado ahí, apretados entre la multitud, respirando el mismo aire y compartiendo el mismo tiempo con este par de mentes desatadas.

Salimos del Auditorio Telmex a la noche tapatía con el cuerpo molido y la mente todavía intentando digerir el atraco. CA7RIEL & PACO AMOROSO, respaldados por la maestría impenetrable de UATS, no vinieron a dar un espectáculo fácil para el consumo rápido. Vinieron a demostrar que el arte popular contemporáneo puede ser tan irreverente como complejo, tan divertido como erudito. Una inversión redonda para el espíritu de cualquiera que aún crea que en la música viva, contra todo pronóstico, todo está permitido si se hace con absoluta maestría.

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