De la hidalguía, la arquitectura sinfónica y la puesta en escena de Mijares

Por el Reportero Amorfo

Asistir al Auditorio Telmex un miércoles por la noche exige reconciliarse con la nostalgia de las multitudes. El coloso de Zapopan lució una entrada nutrida, cálida y dispuesta al homenaje para atestiguar la celebración de cuatro décadas de trayectoria: un despliegue sinfónico donde Manuel Mijares no solo repasó su repertorio, sino que montó un verdadero teatro para la memoria.

La producción apostó por la majestuosidad visual sin contemplaciones. Desde candelabros suspendidos y telones de corte palaciego hasta un escudo heráldico que coronaba el escenario con la sigla del anfitrión, el marco estuvo diseñado para el lucimiento del monarca del pop romántico. A espaldas de la orquesta, las pantallas gigantes transformaban el espacio en una escenografía viva que mutaba de mares embravecidos surcados por galeones a cielos estrellados y llamaradas ardientes, vistiendo cada tema con un dramatismo cinematográfico. En el centro de ese aparato teatral, erguido en un esmoquin clásico, Mijares ejerció la estirpe del artista en peligro de extinción: aquel formado en la doctrina del respeto absoluto al boleto pagado. Si bien el tiempo ha atenuado el despliegue físico de sus primeros años, esa pérdida fue sustituida por una hidalguía escénica intachable y una voz de grano cálido que sostiene las notas con pasmosa naturalidad.

El viaje sonoro estuvo tejido en tres actos perfectamente medidos para golpear la memoria emotiva de la tribuna. Tras la Obertura inicial, himnos de su primera época como «Si me enamoro», «No se murió el amor» y la escala épica de «Corazón salvaje» construyeron una arquitectura orquestal pesada que sostuvo la nostalgia sin caer en el adorno fácil. El punto de inflexión de mayor elegancia llegó al pausar el pop para adentrarse en terrenos de la trova: el bloque dedicado a «Para vivir», «Ojalá» y «Breve espacio» desnudó la interpretación en un formato sobrio, matizando la poesía de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés con un respeto exquisito antes de retomar el vuelo.

Ese tramo sirvió como puente para transitar hacia la exigencia vocal pura de «Por ti volaré» y una sorpresiva relectura de «Nessun dorma». Sin embargo, la auténtica dimensión de fiesta popular detonó cuando la orquesta liberó los metales en «Baño de mujeres», la rítmica marcial de «Soldado del amor» y un emotivo tributo a la figura de José José. El tramo final fue un desfile sin tregua de clásicos indispensables: la cadencia de «Bella», la épica de sobreponerse a todo en «Uno entre mil» y la comunión colectiva que provocó «Para amarnos más», culminando con «El privilegio de amar» como el broche de oro natural. Nos fuimos a la noche con la convicción de que cuatro décadas de carrera no solo se celebran sumando instrumentos sobre la mesa, sino sosteniendo la dignidad sobre las tablas con la elegancia de quien sabe que su lugar en la memoria colectiva ya está bien asegurado.

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