#Cine La muerte de Robin Hood: cuando la leyenda se enfrenta a sus propios fantasmas

Hay personajes que sobreviven gracias a las historias que se cuentan sobre ellos. Robin Hood es uno de ellos: el arquero, el forajido, el hombre que robaba a los ricos para ayudar a los pobres. Una figura convertida en héroe popular a fuerza de canciones, películas y leyendas. Pero, ¿qué sucede cuando dejamos de mirar al mito y nos encontramos con el hombre que pudo haber existido detrás de él?

Esa es la pregunta que plantea Michael Sarnoski en La muerte de Robin Hood (The Death of Robin Hood), una revisión oscura del personaje protagonizado por Hugh Jackman, acompañado por Jodie Comer, Bill Skarsgård, Murray Bartlett y Noah Jupe.

Aquí no hay un Robin Hood joven, ágil y dispuesto a enfrentarse a medio reino con una sonrisa. El personaje de Jackman es un hombre envejecido, herido y agotado. Hace tiempo que abandonó la vida de forajido y ahora intenta esconderse de un pasado que no parece dispuesto a dejarlo en paz. La leyenda se ha terminado; lo que queda es un hombre cargando con las consecuencias de sus actos.

Y es precisamente ahí donde la película encuentra su mayor fortaleza.

Sarnoski parece acercarse a Robin Hood de la misma manera en que Sin perdón de Clint Eastwood se acercó al western: desmontando la figura del héroe para mostrar aquello que las leyendas prefieren omitir. La violencia deja de ser aventura y se convierte en una consecuencia. Matar no tiene gloria, las heridas duelen y cada acto de brutalidad parece dejar una marca más profunda que la anterior.

El Robin Hood de Jackman no es un héroe incomprendido. Es, en buena medida, un asesino. Uno extraordinariamente hábil, sí, pero también un hombre que ha dejado una larga lista de víctimas detrás de él. Cuando su viejo compañero Little John —interpretado por Bill Skarsgård— vuelve a buscarlo, Robin se ve obligado a regresar a un mundo del que intentaba escapar.

La película es particularmente contundente en sus primeros compases. Hay sangre, barro, frío y una violencia que se siente física, desagradable y poco espectacular. Sarnoski evita convertir las habilidades de Robin con el arco y el cuchillo en una exhibición heroica: cuando mata, la sensación no es de triunfo, sino de horror.

Visualmente, La muerte de Robin Hood apuesta por una Edad Media áspera y despojada de cualquier romanticismo. Antorchas, fogatas, paisajes rocosos, cuerpos cubiertos de barro y construcciones que parecen estar a punto de desaparecer conforman un mundo hermoso, pero profundamente hostil. En algunos momentos la fotografía adquiere una cualidad casi pictórica y cercana al cuento oscuro, mientras la música de Jim Ghedi refuerza esa sensación de elegía.

Pero la película cambia radicalmente de ritmo cuando Robin llega al lugar donde será atendido por la hermana Brigid, interpretada por Jodie Comer.

Lo que comienza como una historia de violencia y supervivencia se transforma entonces en una reflexión sobre la culpa, el legado y la posibilidad de redención. Robin queda rodeado de enfermos, huérfanos y personas que viven alejadas del mundo que alguna vez conoció. Es ahí donde el personaje tiene que enfrentarse no a un enemigo armado, sino a algo mucho más incómodo: sus propios recuerdos.

Jodie Comer funciona como el contrapunto perfecto para Jackman. Su personaje representa una posibilidad de humanidad que Robin parece haber perdido hace mucho tiempo. Entre ambos se construye una relación contenida, sin necesidad de grandes discursos ni gestos melodramáticos.

Y Hugh Jackman sabe exactamente qué hacer con este Robin.

Hay algo inevitablemente familiar en su interpretación. Después de tantos años asociado a personajes físicos y violentos, Jackman parece aprovechar esa experiencia para darle al personaje una dimensión cansada. Su Robin comparte algo con aquel Wolverine de Logan: ambos son hombres que han vivido demasiado, que conocen la violencia como una extensión natural de su cuerpo y que, cuando finalmente intentan alejarse de ella, descubren que quizá ya es demasiado tarde.

Sin embargo, ahí también aparece el principal problema de la película.

La muerte de Robin Hood tiene ideas interesantes, una atmósfera poderosa y actuaciones sólidas, pero no siempre consigue convertir esas ideas en una experiencia emocional igualmente contundente. Sarnoski quiere hablar sobre la violencia, la culpa, las historias que construyen nuestras leyendas y la posibilidad de redención, pero en ocasiones explica demasiado aquello que sus imágenes ya habían conseguido transmitir.

El ritmo deliberadamente pausado puede resultar hipnótico para algunos espectadores, pero también puede sentirse excesivamente solemne. La película parece tan consciente de su propia naturaleza crepuscular que, por momentos, se olvida de permitir que sus personajes respiren fuera de esa tristeza.

Es una paradoja interesante: una película que quiere desmontar una leyenda termina construyendo otra capa de solemnidad alrededor de ella.

Aun así, hay algo valioso en la decisión de Sarnoski de no intentar devolverle a Robin Hood su gloria. Al contrario: la película pregunta qué ocurre cuando una persona descubre que la historia que otros cuentan sobre ella no coincide con lo que realmente hizo. Porque quizá el verdadero enemigo de Robin Hood no sea el ejército, ni los bandidos, ni quienes buscan vengarse de él. Es el tiempo.

La muerte de Robin Hood no pretende recuperar al héroe de los bosques. Pretende enterrarlo.

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