Hay algo particularmente bonito en El final de la calle Oak: más allá de los dinosaurios, los efectos visuales y el caos prehistórico, la película tiene una nostalgia muy cálida por una época en la que el cine de aventuras parecía dispuesto a llevarnos a cualquier lugar. Ambientada en los 80´s, la cinta recupera esa estética de suburbio estadounidense, las familias frente al televisor, los adolescentes, los jardines enormes y, por supuesto, una banda sonora que inevitablemente provoca una sonrisa a quienes crecieron con la cultura pop de los 80.
David Robert Mitchell, director de It Follows y Under the Silver Lake, construye una aventura que mira constantemente hacia el cine que lo inspiró. Hay ecos de E.T., Poltergeist, Encuentros cercanos del tercer tipo, Super 8 e inevitablemente, Jurassic Park. Pero lo interesante es que El final de la calle Oak no intenta ser simplemente otra película de Jurassic Park. Y ahí está uno de sus mayores encantos: qué chido que alguien vuelva a hacer una película de dinosaurios que quiera contar otra historia.
La premisa es sencilla y bastante disparatada —un vecindario completo es transportado misteriosamente a una época prehistórica—, pero la película entiende que no necesita explicarlo todo para funcionar. En lugar de atascarse en teorías científicas, prefiere lanzarnos directamente al misterio y dejar que descubramos las reglas de este extraño fenómeno junto con sus protagonistas.
Y hablando de protagonistas, tener a Anne Hathaway y Ewan McGregor al frente es uno de los grandes aciertos. Ambos son actores con una enorme capacidad para moverse entre el drama, el humor y la aventura sin que sus personajes se sientan completamente fuera de lugar. Hathaway particularmente se roba buena parte de la película: incluso en medio del caos, consigue darle humanidad a una madre que intenta mantener unida a su familia cuando absolutamente todo a su alrededor se está viniendo abajo y a pesar de sus propias crisis existenciales. McGregor, por su parte, aporta ese equilibrio entre vulnerabilidad, humor y heroísmo que necesita la historia.
La película funciona especialmente bien cuando recuerda que, antes que una historia de dinosaurios, estamos viendo a una familia atravesando una crisis. El matrimonio de Greg y Denise está prácticamente roto y sus problemas personales quedan temporalmente en pausa cuando la supervivencia de sus hijos se convierte en la prioridad. Es un recurso clásico, pero efectivo: cuando el mundo literalmente se acaba, algunas discusiones dejan de importar y otras adquieren un peso completamente diferente.


También resulta refrescante la manera en que Mitchell presenta a los dinosaurios. Sí, hay criaturas enormes que pueden comerse a cualquiera, pero no todos están ahí exclusivamente para perseguir humanos. Son animales. Comen, beben, se mueven, se comportan de acuerdo con sus instintos. La película intenta acercarse un poco más a lo que sabemos actualmente sobre estos animales y no únicamente a la imagen que el cine nos ha vendido durante décadas.
Y eso nos lleva nuevamente a Jurassic Park. Es imposible hablar de una película de dinosaurios sin mencionarla, pero aquí la comparación también sirve para entender lo que hace diferente a El final de la calle Oak. Spielberg estableció una vara altísima y probablemente ninguna película que llegue después podrá escapar de esa comparación. Sin embargo, esta cinta tiene el mérito de intentar construir su propia identidad, mezclando ciencia ficción, supervivencia, misterio, terror y una buena dosis de nostalgia ochentera.
Visualmente, hay momentos muy logrados, especialmente cuando el peligro aparece de fondo mientras los personajes intentan sobrevivir en medio del vecindario. Mitchell utiliza el espacio de manera inteligente y juega con la tensión antes de mostrar completamente a las criaturas. Hay secuencias que recuerdan al mejor cine de aventuras de los 80 y 90: ese cine que podía hacerte reír en una escena, ponerte nervioso en la siguiente y después soltarte un momento emocional sin pedir permiso.
Eso sí, no todo funciona igual de bien. Los dinosaurios cumplen y algunas criaturas lucen espectaculares, pero hay momentos en los que los efectos digitales evidencian que estamos viendo una producción contemporánea intentando recuperar la magia de otra época. Pero quizá exigirle a El final de la calle Oak que sea el nuevo Jurassic Park es perder de vista lo que realmente quiere ser.
Esta es una película para dejarse llevar. Para disfrutar el viaje, reconocer referencias, escuchar una canción ochentera y pensar: qué bonito era cuando las películas simplemente querían ser aventuras. No reinventa el género ni alcanza la grandeza de los clásicos que homenajea, pero sí recupera algo que se ha ido perdiendo entre franquicias, universos cinematográficos y secuelas infinitas: la sensación de no saber exactamente qué va a pasar después.
El final de la calle Oak es, en ese sentido, una película deliciosamente anacrónica. Una aventura de dinosaurios con corazón ochentero, una familia rota intentando volver a encontrarse y dos grandes actores disfrutando la oportunidad de jugar en un blockbuster que no se toma demasiado en serio.
No será la nueva Jurassic Park. Y está bien.
Porque después de tantos años de volver una y otra vez al mismo parque, también se agradece que alguien haya decidido abrir otra puerta y dejar que los dinosaurios caminen por un barrio de los 80´s.