La noche de ayer, viernes 25 de septiembre, la Arena Guadalajara impuso una expectativa particular. Frente a un coloso de dimensiones generosas que no terminó por abarrotarse del todo —detalle menor que poco importó cuando la penumbra del recinto se pobló de una constelación de luces y pantallas encendidas—, la noche prometía un examen de fidelidad sonora. Hay que reconocerle a la nueva Arena lo que es justo: su acústica respondió con una pulcritud impecable, permitiendo que cada línea de bajo, cada golpe de tarola y cada matiz de teclado retumbaran con una nitidez cristalina en el pecho de la concurrencia.
Sobre el escenario, Jay Kay y su maquinaria de ritmo demostraron que la elegancia espacial no envejece, solo se sofistica. Desde que soltaron la contundencia de «(Don’t) Give Hate a Chance» y la soltura bailable de «Little L», el recinto quedó sumergido en una especie de gravedad cero. El viaje fluyó sin dar tregua con la cadencia de «Use the Force», la psicodelia elegante de «Space Cowboy» y la frescura de «Alright», donde la alineación de músicos lució una precisión de relojería suiza, elevando la temperatura con «Light Years», la sutileza de «Talullah» y ese manifiesto explícito que es «Disco Stays the Same».


Para cuando la nave embocó el tramo de alta velocidad con «Travelling Without Moving», la velada ya se había transformado en una ceremonia de baile incontestable. El estallido detonó en ráfaga con la combustión de «Canned Heat», la euforia espacial de «Cosmic Girl» y la perfecta arquitectura pop de «Love Foolosophy», antes de poner a cantar a la muchedumbre con ese himno imperecedero titulado «Virtual Insanity». La estocada final llegó en el encore con «Deeper Underground», haciendo temblar el suelo del recinto bajo un groove espeso, sucio y abrumador.
Nos retiramos a la noche con la suela desgastada y la grata certeza de que la música hecha con el alma y virtuosismo no le teme a los recintos gigantes. En un mundo hiperacelerado donde todo caduca al instante, ver a una banda sostener semejante fiesta sonórica nos recuerda por qué nos enamoramos del ritmo en primer lugar; después de todo, siempre hay una última vez para dejarse salvar por el funk.
Por el Reportero Amorfo.


