Por el Reportero Amorfo.
Asistir al Teatro Estudio Cavaret la noche del pasado 17 de septiembre traía consigo cierta reserva de oficio. El pop contemporáneo a menudo padece de un exceso de cálculo, pero lo del dúo venezolano LAGOS terminó por derribar con soltura cualquier escepticismo inicial, convirtiendo la velada en una lección de surco, precisión y genuino magnetismo escénico.
Desde su entrada a escena, el ensamble dejó en claro que su propuesta no vive únicamente en el estudio ni en el filtro digital. Con una estética que bascula entre la nostalgia retro y la desenvoltura indie —con Agustín Zubillaga parapetado tras unas gafas oscuras de corte setentero y camisa de patrón psicodélico al mando de la guitarra, y Luis Jiménez sosteniendo el micrófono frontal luciendo una camiseta con la irónica frase «I Can’t Get No Satisfaction»—, la banda atrapó de inmediato la temperatura de un recinto que no tardó en volverse cómplice.


El itinerario sonoro estuvo diseñado con la astucia de quien conoce al detalle la carpintería del espectáculo. Arrancando con la soltura de «Amor de mi weekend», la noche fluyó con un ritmo implacable donde sus composiciones originales dialogaron sin costuras con matices rítmicos del funk y la música disco. Resultó sumamente estimulante la fluidez con la que entrelazaron temas como «Reset», «En línea» y «Tengamos pasado» con audaces mashups que bordearon el francés de Daft Punk y clásicos de pista de baile, inyectando una dinámica continua que mantuvo el pulso arriba sin necesidad de pausas vacías.
El clímax emocional terminó por consolidarse en la segunda mitad, cuando la marea de asistentes coreó con fuerza estribillos como «Ojos marrones», «No se acaba hasta que acabe» y la contundencia de «Solo fumo cuando bebo». Hacia el cierre, el impacto de «MÓNACO» terminó de redondear una velada impecable en su factura e intachable en su entrega. Nos retiramos del Cavaret con la grata convicción de que, cuando el pop se ejecuta con buen gusto, solvencia musical y verdadero oficio sobre el escenario, la sorpresa es siempre el mejor desenlace posible.

