Por: Tonnie Zanabria
La noche del 9 de mayo en el Conjunto Santander de Artes Escénicas no comenzó como un concierto cualquiera, había algo suspendido en el aire desde antes de que las luces se apagaran por completo, una especie de calma imposible de explicar, como si todos los presentes estuvieran a punto de entrar a un sueño compartido. Poco a poco, entre silencios delicados y acordes que parecían flotar sobre el recinto, Ichiko Aoba fue transformando el espacio en algo casi irreal.
Cada canción parecía abrir una puerta distinto, la sala, completamente llena, dejó de sentirse como un recinto y comenzó a convertirse en un bosque nocturno, en un recuerdo lejano, en una pequeña habitación iluminada apenas por la luna. La voz de Ichiko no solo se escuchaba: envolvía, había momentos en los que el público permanecía inmóvil, como si cualquier ruido pudiera romper el hechizo que lentamente iba creciendo conforme avanzaba la noche.
La conexión con la gente fue inmediata, entre aplausos suaves, sonrisas tímidas y silencios reverentes, la artista japonesa construyó un ambiente íntimo y profundamente emocional. Uno de los momentos más especiales llegó cuando interpretó “Bésame Mucho”, desatando una ola de aplausos y emoción en el recinto, escuchar aquel clásico en la voz etérea de Ichiko fue como descubrir la canción desde otro lugar, más nostálgico, más frágil, más humano.
También sonó “Más o Menos Antes”, tema de Silvana Estrada que Ichiko ha incorporado a su repertorio en los últimos años, un gesto hermoso que habla de la sensibilidad musical que conecta a ambas artistas. La reacción del público fue cálida y emotiva; había algo muy especial en escuchar una canción latinoamericana atravesada por la delicadeza japonesa de su interpretación.
Con el paso de los minutos, el concierto se volvió una experiencia difícil de describir con palabras concretas, más que un show, parecía un pequeño ritual de contemplación y sensibilidad compartida. Al final, cuando las últimas notas desaparecieron y las luces comenzaron a regresar lentamente, el recinto explotó en aplausos largos, sinceros, cargados de gratitud, hubo emociones por todas partes, personas sonriendo, otras conteniendo lágrimas, muchas simplemente intentando permanecer un poco más dentro de aquella atmósfera mágica que Ichiko Aoba dejó suspendida en el aire.