La elegía de la luz y el silencio: Sam Smith disuelve el tiempo en el Auditorio Telmex

Por el Reportero Amorfo

Hay ocasiones en que la prohibición es, paradójicamente, una cortesía del destino. La orden de no permitir fotografía de prensa para el concierto del pasado viernes 14 de agosto en el Auditorio Telmex pareció en un principio una zancadilla al oficio. Sin embargo, en cuanto la penumbra envolvió el recinto, el mandato cobró un sentido casi sagrado: al despojar al espectador de la urgencia de registrar la imagen para la pantalla, no quedó más remedio que mirar de verdad. Y lo que había para contemplar era un cuadro que rozaba el misticismo.

El decorado era sencillo pero sublime, bañado en luces cenitales cálidas y penumbras densas que esculpían sombras y contornos sobre el escenario. En ese reducto de discreción no había pirotecnia ni pantallas de escala descomunal; solo un ensamble quirúrgico compuesto por piano, guitarra, bajo, batería y un coro de tres voces cuyo peso armónico convertía cada pasaje en una misa profana.

Frente a ellos, una de las voces más portentosas, elásticas y matizadas que caminan hoy sobre la faz de la tierra. Este Reportero Amorfo, poco dado a la genuflexión fácil ante el brillo del pop comercial, no tiene más remedio que rendirse sin condiciones. Lo de Sam Smith no es únicamente alcance vocal; es una lección de modulaciones donde el gospel se abraza con el soul, el pop asimila giros de country, y el rock y el jazz asoman la cabeza con una delicadeza desgarradora.

Estructurado con la precisión de una obra teatral en tres actos, el recorrido no dio tregua a la dispersión. El Acto I arrancó desde la sobriedad y la vulnerabilidad más pura: una «Intro» instrumental que dio paso al susurro de «Love Is A Stillness» y la elevación de «Everlasting Love». Para cuando retumbaron «I’m Not The Only One», «My Guy», «Lay Me Down» y «Too Good At Goodbyes», la calidez de su voz ya había derribado cualquier barrera entre la escena y el patio de butacas.

Fue hacia el Acto II donde la atmósfera viró de piel y tono. Ahí, entre luces cobrizas y una penumbra casi de teatro antiguo, emergió la faceta más conceptual del espectáculo: la silueta recortada bajo una única lámpara circular cenital, luciendo el sombrero de ala ancha y el abrigo largo, como un predicador o un viajero de otra época. Un guiño visual perfecto para arropar la madurez y elegancia de temas como «Constant Companion», «Hazel Eyes», su sofisticada reinterpretación de «Moondance», la cadencia de «My Oasis» y «Dancing With A Stranger», hasta llegar a la emotividad cruda de «Oh Mother» y «When He’s Gone».

El tramo final, el Acto III, fue la quema absoluta de naves. La densidad dramática de «Burning» y la fuerza contestataria de «Him» abrieron paso a la atmósfera profana y liberadora de «Unholy», para desembocar en dos monumentos a la comunión colectiva: «Stay With Me» y «Hold On». En todo momento, la interacción entre el artista y el público se mantuvo en un equilibrio poético. Smith habita la escena con una sencillez desarmante; se muestra tierno, cariñoso, vulnerable, manejando la masa con la calidez de quien le habla a un amigo cercano en la intimidad de su casa.

Y entonces, tras hora y media de un trance incuestionable, llegó el verdadero golpe de maestría. Sin las falsas salidas del encore, sin la comedia burocrática de hacerse rogar en bambalinas para regresar a cantar la última pieza, Smith se despidió con gratitud humilde y abandonó el escenario. El concierto se extinguió como un sueño breve pero indeleble, dejando en el aire del Telmex esa extraña y hermosa pesadumbre de haber sido parte de algo único, y la certeza de que el tiempo, cuando se está frente a una divinidad vocal, se escurre entre las manos como si fuera agua.

Fotos cortesía Facebook oficial de Sam Smith

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