El Pasajero del Diablo llega hoy, 21 de mayo, a salas de cine con la promesa de convertirse en esa nueva experiencia de terror “intensa” que supuestamente no te dejará dormir… aunque probablemente lo único que quite es la paciencia. Dirigida por André Øvredal y producida por Walter Hamada y Gary Dauberman, la película intenta mezclar horror sobrenatural, paranoia y trauma religioso, pero termina sintiéndose como un refrito de absolutamente todas las películas de posesiones y persecuciones demoníacas de los últimos veinte años.
La historia sigue a una pareja joven que decide vivir la experiencia “libre” de recorrer carreteras en una furgoneta —porque claramente en las películas de terror nunca sale mal aislarse del mundo— hasta que presencian un accidente brutal donde un conductor pierde la vida. A partir de ahí comienza la clásica cadena de eventos inexplicables: sombras, símbolos extraños, alucinaciones, voces, culpa, religión metida con calzador y un ente demoníaco que los persigue a todos lados como si tuviera GPS integrado.
El problema es que El Pasajero del Diablo nunca logra construir algo realmente nuevo. Cada escena parece diseñada con el manual básico del terror comercial: susto con sonido explosivo, personaje que toma decisiones absurdas, visiones infernales, referencias bíblicas ambiguas y ese inevitable momento donde alguien descubre “la verdad” revisando documentos viejos bajo una luz parpadeante. Y sí, el final es tan predecible que prácticamente se adivina desde la mitad de la película, aunque la cinta actúe como si estuviera revelando el secreto más impactante de la historia del cine.
En el apartado técnico hay momentos rescatables. La fotografía logra crear una atmósfera sucia y opresiva en las secuencias nocturnas, mientras que la música de Christopher Young hace un esfuerzo monumental por convencerte de que algo aterrador está ocurriendo, incluso cuando en pantalla no pasa demasiado. El elenco, encabezado por Melissa Leo, Lou Llobell y Jacob Scipio, cumple con lo que puede, aunque el guion parece empeñado en convertirlos en víctimas profesionales de decisiones cuestionables.
Al final, El Pasajero del Diablo es exactamente esa película de terror genérica que parece hecha por inteligencia artificial alimentada únicamente con clichés: demonios, culpa religiosa, gritos, carreteras vacías, símbolos satánicos y un “giro” que no sorprende ni a quien entró tarde a la función. Mucho ruido, mucha oscuridad y muy pocas ideas.